Después de haber recorrido y disfrutado de Castro, de su monumental iglesia, palafitos, restaurantes, museos y mitología, una buena opción es bajar 20 km hacia el sur rumbo a Chonchi y luego enfilar hasta Cucao.
Chonchi, en la costa oriental, es un pequeño pueblo pesquero con un bonito mercado municipal y un restaurante sobre la bahía. Fue invadido por los piratas y antiguamente era un puerto de exportación de madera de ciprés, un árbol típico de Chiloé. Los colonizadores españoles llamaron a esta zona "el fin de la cristiandad", porque desde aquí los misioneros jesuitas salían a evangelizar por los islotes cercanos y la zona más austral de la Isla Grande. Los mismos jesuitas levantaron la Iglesia de San Carlos de Borroneo, en Chonchi, una de las 16 declaradas Patrimonio Mundial por la Unesco.
El Museo Viviente de las Tradiciones Chonchinas, una iniciativa de los habitantes de este lugar, cuenta con exposiciones que permiten conocer de cerca cómo viven los chilotes.
Luego, hay que avanzar en dirección al occidente y bordear el lago Huillinco para llegar a la bahía de Cucao. Hasta aquí llegó Darwin en 1834 cuando desembarcó en Chiloé. Cucao sorprende con su enorme playa, solitaria, apacible y con un verde paisaje de fondo. Es un lugar ideal para galopar, hacer un picnic o pasar el día contemplando este exquisito rincón chilote.
Desde Cucao se puede acceder al Parque Nacional Chiloé, con sus ocho senderos que atraviesan la selva virgen y exuberante y donde es posible encontrarse con más de cien especies de aves, colonias de pudúes (ciervo chileno) y zorros.
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